Maite Beaumont, mezzosoprano: “Hoy en día no reina la perfección”

Komunikabidea: Platea Magazine

La mezzosoprano navarra Maite Beaumont va camino ya de atesorar casi dos décadas de intensa actividad profesional en los principales escenarios europeos. Este mes de diciembre protagoniza L´italiana in Algeri de Rossini en el Liceu, debutando con la parte de Isabella. Ya en 2019 podremos escucharla también con la parte de Meg en el Falstaff de Verdi que prepara el Teatro Real de Madrid.

¿Cuál fue su primer contacto con la música? ¿De donde parte esa vocación que es hoy ya una plena dedicación profesional?

Yo nací en una familia muy vinculada con la música. Mi madre ha sido directora de coros, profesora de didáctica musical en la Universidad, etc. Y mi padre, aunque no ha tenido una dedicación profesional, siempre ha cantado mucho como amateur y tiene una buen voz de barítono. Para mi, como para mis hermanas, el estudio de la música ha sido algo natural desde muy pequeña. Todas tocamos un instrumento desde muy pequeñas. Yo escogí el violín pero llegó un punto en el que me resultaba muy difícil. Mi hermana Francisca, que es también cantante de ópera, me sirvió de aliciente para dedicarme finalmente al canto.

Siempre me había gustado cantar pero sobre todo me había gustado el teatro, siendo una cría. Yo era muy teatrera (risas). Recuerdo un pensamiento que tuve cuando terminé el conservatorio: “Me gustaría ser cantante de ópera, me dije, si fuera cosa de salir al escenario y cantar como se hablar”. Fuera sueño o premonición, lo cierto es que terminé enamorándome del canto más y más, hasta que me fui a estudiar en Alemania. Hice un master en Hamburgo y allí terminé de confirmar que mi pasión era la música junto con el teatro, o sea, la ópera.

La tradición coral y vocal que hay en Navarra, como en otras zonas del norte de España, imagino que hace del canto algo mucho más natural y próximo que en otros lugares.

Totalmente. La tradición coral que hay allí hace que todo el mundo tenga una proximidad con el canto. Casi todo el mundo canta o si no conoce a alguien que forma parte de un coro, entre sus amigos o su familia. Yo misma, como todas mis hermanas, cantamos en coros siendo jóvenes. La diferencia fundamental entre esa base y la dedicación profesional como solista está en la interpretación. En un escenario tienes que demostrar soltura para meterte en la piel de un personaje. Yo llegué a Alemania con una buena base musical pero fue allí donde terminé de formarme en términos teatrales.

Echando la mirada atrás, ¿cuándo diría que tuvo lugar su debut profesional?

Fue una función de la Alcina de Handel en Hamburgo, precisamente. Yo había hecho mis pinitos en Navarra, con pequeños papeles que son importantes para irse probando y tener ocasión de confirmar tu vocación. Pero fue al llegar a Alemania cuando me hice por vez primera con la partitura completa de una ópera, más allá de las arias de turno. Primero estuve en la Musik Hochschule de Hamburgo y después, allí mismo, en el Opera Studio de la Staatsoper. Yo era entonces el cover del Ruggero de Alcina de Handel, que interpretaba Magdalena Kozena. Un día ella no pudo cantar y el intendente del teatro me dio el papel.

¿De qué año hablamos?

Esto fue en el 2002. Tuve buenas críticas y de algún modo a partir de entonces me di a conocer.

Ya han pasado más de quince años desde entonces.

Sí, a veces no me doy cuenta, pero ya voy camino de llevar dos décadas trabajando.

Han sido años de muchos cambios para la lírica, con la revolución digital que han supuesto los streaming y demás.

Sí, es una ocasión estupenda para darse a conocer mejor y popularizar la ópera por vías distintas a las más tradicionales. A cambio, quizá supone una presión añadida para nosotros como profesionales, al saber que todo lo que hacemos se graba y puede estar al día siguiente circulando por medio mundo. En todo caso, nuestro trabajo consiste en darlo todo y también es bueno que un live te muestre tal y como eres, sin trampa ni cartón.

En este sentido, por cierto, creo que se ha exagerado y mitificado un tanto esa idea de que en las grabaciones de estudio se hacían mil retoques. Quizá en alguna ocasión ha pasado, pero mi experiencia con las grabaciones es la de que se hacen con poco tiempo, en cuestión de apenas uno o dos días, con agendas muy apretadas para reducir costes. Tengo la impresión de que hoy en día no reina la perfección. Entre las prisas y los costes tan elevados de producción la excelencia no es el criterio que siempre se impone.

Siguiendo con su trayectoria se suele citar siempre como un punto de inflexión lo sucedido en Salzburgo en 2005.

Lo bonito de Salzburgo, para mí, fue ser descubierta por la gente de mi propio país. Porque de repente la prensa española se interesó por mi trabajo. Yo estaba cantando la Dorabella en un Così fan tutte, en un año muy mediático en Salzburgo, el mismo de la famosísima Traviata de Anna Netrebko, con todos los focos puestos allí. Por supuesto, me vino muy bien tener éxito allí, pero mi carrera internacional ya estaba más o menos en marcha para entonces.

Desde entonces y hasta ahora su repertorio ha girado sobre todo en torno a Mozart y el barroco. Está explorando nuevos roles y repertorios. Cuénteme cómo ha ido evolucionando su voz en este sentido.

Yo empecé con Haendel. Durante un tiempo el barroco era un territorio muy limitado, para tipos vocales muy concretos. Afortunadamente el barroco ha vivido un boom en los últimos años, dando cabida a más variedad de cantantes y producciones. En este sentido, hemos tenido cabida cantantes con una formación más bien belcantista, sin habernos formado como especialistas en barroco. No obstante yo nunca dejé de hacer Mozart y Rossini, por mucho barroco que tuviera en agenda. Al final la voz se desarrolla contigo, en función de por donde la llevas, siempre partiendo de sus posibilidades naturales. Por eso siempre he querido mantener un equilibrio entre esos repertorios, desde Haendel a Monteverdi pasando por Rossini y Mozart, con mucha naturalidad. Así mi voz ha ido evolucionando hasta poder afrontar un papel como esta Isabella de L´italiana in Algeri que debuto en el Liceu. Diez años atrás no me lo hubiera planteado.

También ha empezado a cantar belcanto con más regularidad.

Sí, hice la Adalgisa de la Norma, también el Romeo de I Capuleti e I Montecchi, etc. Es una evolución natural, siempre dentro de las coordenadas propias de mi instrumento. También me ilusiona hacer más funciones de Donizetti, tanto la Elisabetta de Maria Stuarda como la Sara de Roberto Devereux y por supuesto la Seymour de Anna Bolena. Todo este tipo de roles me van muy bien ahora. También por mi formación alemana me gustaría cantar el Octavian de Der Rosenkavalier y el Compositor de Ariadne auf Naxos. Mis profesores y maestros, con los que me formé en Hamburgo, me animan a hacerlo y espero que la ocasión no tarde en llegar.

Con Verdi, ¿hay más planes más allá de la Meg de Falstaff que cantará pronto de nuevo en el Teatro Real?

La Meg la hice por vez primera en Amsterdam, en 2015. Es un Verdi light, digamos; nada que ver con la Quickly, quiero decir. Es un papel divertido, muy teatral, me gusta cantarlo. Verdi, no obstante, me parecen palabras mayores ahora mismo. Ya veremos, pero creo que habrá que esperar unos cuantos años para poder cantar más papeles verdianos.

Hábleme por último de esta Isabella de L´italiana in Algeri que debuta ahora en el Liceu. ¿Cómo es la producción que vamos a ver en el Liceu?

Es una producción de Vittorio Borrelli que procede de Turín. Es una propuesta muy ordenada, muy clara y realmente muy divertida. Es un espectáculo elegante y divertido a la par, con teatro del bueno. Musicalmente no es una obra nada fácil aunque la hemos preparado lo mejor posible con el maestro Riccardo Frizza. Yo creo que van a ser unas funciones muy divertidas.

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