El viento susurra en Beortegui

Desde la izquierda, en la casa familiar, José Javier Cemboráin, Mari Carmen Gorriz, Urko Cemboráin, Mateo Equísoain con el perro ‘Inaxio’; Amaia Equísoain y, en primer término, Aratz Cemboráin, y ‘Aska’

Mateo nació el sexto de seis hermanos. Siempre ha vivido en Beortegui, en el valle de Lizoáin; ahora son diez vecinos, pero él ha conocido hasta 70 en este pueblo donde el viento es como un susurro de música tranquila en un atardecer de diciembre, con todas las cimas de la Cuenca de Pamplona para sus ojos y hasta la sierra de Leire y los montes del Pirineo en los días más despejados. “La altura tiene estas cosas”, resuelve tranquilo Mateo Equísoain Ibáñez, 79 años, junto al fuego.

Mateo nació allí, en casa Pablo. Pudo ir a la escuela hasta los 14 años, a Janáriz, un pueblo a un par de kilómetros. “Ir a pie y volver andando”, resume como dejando paso a la imaginación. Porque se puede imaginar que aquellas idas y venidas no fueron siempre sencillas, porque entonces, cuenta Mateo, “sí que nevaba”, y los tres kilómetros desde el cruce hasta Beortegui se difuminaban en blanco. “Cogíamos con el tractor y abríamos”, explica de cuando ya se dedicaba a cultivar cereal. Es de lo que ha vivido. Ahora lleva las tierras su hijo Pablo, uno de los tres que tiene con su mujer, Mari Carmen Górriz Mariñelarena. Está orgulloso de que haya otra generación en el campo. Pablo, 38 años, es el más joven en el pueblo. No hay niños. Hace años. Los fines de semana sí. Entre ellos, Aratz y Urko, los dos nietos de Mateo y Mari Carmen. Tienen 12 y 9 años y el abuelo les ha apañado un trocito de huerta en la suya. Allí, Urko tiene plantas aromáticas junto a los tomates de Mateo. “La huerta también es disciplina, hay que regarla y cuidarla”. Mateo y Mari Carmen están solos, pero a la vez acompañados. Casi siempre hay visita, vienen sus hijas, Amaia, que vive en Huarte, y Leire, en la Rochapea. Y los yernos, como José Javier, que le cogió mucho gusto a la vida en el pueblo. “Si quieres tranquilidad, la tienes. Y si quieres jaleo, coges el coche y en un cuarto de hora estás en Pamplona”, apunta Mateo. Aunque él tampoco se deja ver mucho por la ciudad. Fue unos años de vacaciones a Benidorm, pero ya no ha vuelto. “Es que coincide con la recogida de la manzana…, la cosecha”, parece disculparse. Pero luego confiesa que para sol, le basta con el de Beortegui.

Mari Carmen sí que va. Ella, de 68 años, nació en Irotz, en Esteribar. Se casaron dos hermanas con dos hermanos. Trabajó en Pamplona, en Casa Unzu, hasta que se casó. “Estoy muy contenta aquí, feliz”, colma de mimos a Inaxio, uno de los perros de la familia. El otro es Aska. “Me gusta pasear. Voy sola, bueno, con tres perros, y el gato Lolo. Disfruto del atardecer y de los días de tormenta”. Y es habitual que traiga algo en las manos, unas ramas que luego pinta; alguna piedra que le ha gustado… Mateo y Mari Carmen tiene una especie de museo etnográfico en una casa donde la historia no se tira, donde los recuerdos se cuidan y se restauran, se rescata la memoria de algún modo. Hasta la primera bicicleta de Mateo está en el desván.

“Ahora estamos casi como de novios”, sonríe Mateo. El panadero, desde Espinal, llega a una por semana; el frutero también. “En los 80 venían vendedores ambulantes, en los 90 ya no, y ahora han vuelto”, describe Amaia Equísoain Gorriz. Tiene 41 años. Mientras estudiaron vivían en Pamplona entre semana, con su madre. El padre atendía el campo. Se ha quedado en la ciudad, pero siempre con la vista puesta en Beortegui. Ahora, el balonmano de los niños les condiciona algo, pero el mismo día que se acaba la escuela se mudan al pueblo. “Los niños que se crían en el pueblo están más cerca de los animales, de la naturaleza y eso…” deja paso a la imaginación una vez más Mateo.

El valle comparte una sociedad y Mateo recuerda cuando las casas del pueblo hacían de tabernas. Un domingo cada una, para tomar algo y jugar al mus. Beortegui es uno de los trece lugares de Lizoáin; el pueblo del mismo nombre es el más grande: unos 60 habitantes; en el otro extremo Janáriz, una persona empadronada. Son 304 habitantes en total. Esta semana ha nacido un niño en el valle. Y eso es noticia. De las buenas.

Komunikabidea: Diario de Navarra