Un cortometraje sobre el paisaje tras el embalse de Itoiz, en un festival suizo

La directora Maddi Barber. CEDIDA

Maddi Barber nació en Lakabe hace 29 años y se marchó de allí cuando tenía 15. No se fue muy lejos, a Saragueta, en el mismo valle, el de Arce. Un valle, junto al de Lónguida, afectado por la construcción en los años noventa del embalse de Itoiz, que inundó siete pueblos y perjudicó a tres reservas naturales protegidas. Con el paso de los años Barber ha visto cómo se transformaba el paisaje de la zona a la que tanto cariño tiene. Y llevaba tiempo con la misma preocupación -“cómo vivir en presente ese paisaje transformado y qué hacemos, de cara al futuro, los que hemos visto que nuestro valle cambia completamente”- cuando ésta le vino a la mente al pensar en un tema como proyecto final del máster de Antropología Visual que estaba cursando el año pasado en la Universidad de Mánchester (Inglaterra). El empuje de sus profesores a convertir aquel trabajo en un proyecto más profesional llevó a Barber a buscar una productora y a continuar con el trabajo. El resultado es el cortometraje 592 metroz goiti (Sobre la cota 592), que este domingo se estrena en el Visions du Réel (Festival Internacional de Cine de Nyon, en Suiza) donde compite con otros 21 cortos en su categoría.

Barber está muy contenta, especialmente ilusionada por que “una historia navarra se vea allí”. “Es muy local, pero a la vez muy universal”, indica, considerando que el festival es una puerta para que la película sea vista y programada en otros lugares. Hace poco más de un mes compitió en el Festival Punto de Vista con el cortometraje colectivo Yours Truly. Fue unos días antes de que le comunicaran que 592 metroz goiti había sido seleccionado para participar en el festival suizo. Reconoce ahora que ella y la productora con la que ha trabajado, Doxa Producciones (especializada en cine documental, ha producido entre otros títulos Asier eta Biok, de los cineastas navarros Amaia y Aitor Merino, con los que está rondando ahora su nuevo largometraje, Fantasía), presentaron 592 metroz goiti para probar suerte.

“Es un festival bastante conocido, con mucho mercado, lo que lo convierte en bastante difícil también para acceder. De hecho mi corto es uno de los dos españoles que compiten”. Desde que en febrero les comunicaron que participaba en la categoría de cortos y mediometrajes “todo ha sido un maratón”. Aunque ya venía de unos meses previos de trabajo intenso. Porque, a raíz del comentario favorable de sus profesores de máster, trabajó con la productora desde septiembre “para dar mejor acabado al corto”, reeditando el material que ella había filmado durante el verano.

GRABACIÓN DE ATMÓSFERAS

Ese material no lo forman tanto imágenes grabadas sobre lugares conocidos como sensaciones, atmósferas: “Un paisaje muy bello transformado, la historia de un cambio”. Y aunque Barber sea originaria de la zona, para ella este trabajo ha supuesto “un descubrimiento total”. Porque, reconoce, cuando se embarcó en este proyecto no sabía muy bien qué iba a grabar.

El Poche de Chinchurrenea. Al fondo, Elke. CEDIDA

“Una franja de tierra desnuda a la altura de la cota 592 traza hoy una línea divisoria en el paisaje del valle. Por debajo de la cota, el agua; por encima, la vida continúa”. Es el escenario que plantea el cortometraje de Barber. “El pantano está hecho, terminó, y nos queda la pregunta de cómo vivimos con esto aquí. No tiene sentido estar lamentándose en lo perdido, pero sí mirar hacia adelante con este cambio. Hay que dar el paso a aceptar que ahora es otro valle”, reflexionaba la directora esta semana, unos días antes de viajar al festival. “Es un valle que vive en una contradicción: con un pasado doloroso al que la película intenta mirar de frente, asumir que hay pueblos bajo el agua, sí, que se han perdido lugares que sus habitantes amaban, pero que hay que seguir”.

Contaba Barber que los animales están muy presentes en la zona “y son los que a muchas personas les han hecho volver a los paisajes inundados”. Lo explicaba con dos personajes que le acompañaron en ese descubrimiento, el guarda forestal Javier y la ganadera Ilargi. “Javier, por ejemplo, perdió su casa en Artozki, y cada día, por su trabajo con los buitres, las aves carroñeras, el quebrantahuesos… debe desplazarse hasta ese paisaje que le recuerda que su casa está bajo las aguas”.

Ilargi procede de un pueblo que no fue inundado porque se quedó sobre la cota 592. Trabaja con vacas. Barber quiso saber de Ilargi si su relación con los animales le había cambiado. “Me decía que totalmente: al principio veía que sus vacas bebían del agua del pantano de Itoiz, y ella no quería estar ahí. Pero esa agua le traía ahora vida, por beber las vacas de ella, lo que le ha ayudado a vivir su proceso de manera más calmada, a ver la vida que hay en esa agua”.

A Barber le interesaba comprobar cómo Javier e Ilargi “lidiaban” con esa contradicción. “He aprendido que, a pesar de que lo suyo esté ahí abajo, a pesar del dolor, aman el paisaje: reconocer los montes donde nacieron también es importante”.

Komunikabidea: Diario de Navarra