El niño de Lizarraga de Izagaondoa que se cansaba de la ciudad

Óscar Zabalza Imízcoz, 38 años, frente a la iglesia de Lizarraga de Izagaondoa, recién restaurada y donde se celebra misa todos los domingos. Al fondo, la antigua escuela, ahora su casa

“La sensación cuando íbamos a Pamplona es que llegaba a casa cansado sin haber hecho nada”. Recuerda Óscar Zabalza Imízcoz aquellas excursiones con sus padres y sus hermanos, 30 kilómetros como un viaje de verano, casi siempre a Sanfermines. “Poco más salíamos, pero éramos felices en el pueblo”, matiza. Y lo siguen siendo. Al menos él no se ha querido mover de allí, de Lizarraga de Izagaondoa, 39 habitantes en invierno, uno de los nueve concejos del valle que muda cada estación bajo la mirada de la Peña Izaga. Habitantes son pocos ya, pero en los últimos años algunas familias han decidido ir contracorriente, mirar de frente al pueblo y dejarlo solo para ir a trabajar, a la ciudad en la mayoría de los casos.

Óscar Zabalza nació en 1972, el cuarto de cinco hermanos. Fue a la escuela en el edificio que ahora es su casa. “Solo un tiempo, luego ya a Aoiz”, explica una trayectoria que le llevó más tarde a estudiar formación profesional en Lumbier, donde estaba interno entre semana. Con 18 años sacó el carné de conducir e inició su andadura laboral. Trabaja en una factoría de Mutilva, a unos 20 minutos en coche desde su casa. Ninguno de los hermanos cultiva el campo, no más que una pequeña huerta. “Si tuviera mil robadas aún lo pensaría, pero si no dispones de mucha tierra…”, plantea. En Lizarraga hay ahora seis niños menores de 9 años. El de 9 es su hijo mayor, Unai. 30 años tiene el siguiente vecino más joven. La cuenta es sencilla, fue el primer niño en nacer en el pueblo en 21 años. Los pequeños también estudian en Aoiz. La concentración escolar está solo a 12 kilómetros. Por la tarde casi siempre se quedan allí por alguna actividad; inglés, catequesis, futbito… Además, de allí es natural su mujer y madre de los pequeños, Rosa Erdozáin. Cuando comenzaron la relación, Óscar ya tenía en proyecto reformar la escuela.

Recrea las ventajas de vivir en el pueblo. “Es calidad de vida, no sé, cada rincón del pueblo me parece mío y cojo la bici y me da libertad”, sostiene sentado en la cocina de su casa. Rehabilitó la escuela, un singular edificio a la entrada del pueblo, que ha tomado formas de arquitectura moderna sin perder la esencia local. Él también se desplaza con frecuencia a Aoiz. Entrena a futbito a niños de la edad del suyo. Están a gusto allí, pero también regresan con la sonrisa al pueblo. “Sobre todo al mayor le tira mucho, ayer mismo estuvieron toda la tarde jugando en la calle, junto a casa, con unas piedras y unas castañas”, describe una situación lúdica poco habitual en tiempos de consolas y tabletas electrónicas.

El panadero pasa por el pueblo tres días por semana, también les visita un vendedor ambulante de fruta y otro de carne y, desde hace un par de años, un ultramarinos. Acuden al consultorio médico de Urroz. Tres de los cinco hermanos viven ahora en Lizarraga, “Mi hermana estaba en Barañáin, pero ya se ha trasladado aquí por estar cerca de mis padres”, apunta Óscar. La madre padece Alzheimer y los cuidan entre todos. Que los hijos se hayan quedado en el pueblo, parece evidente, ha evitado, al tiempo, que sus padres tuvieran que salir de él.

En Lizarraga hay misa todos los domingos y Óscar destaca la cantidad de vecinos que asisten. “Unos 30 iremos”, dice junto a la reformada iglesia de Santa Eulalia. Celebran fiestas y tienen una sociedad donde cuelga una foto del robledal de Lizarraga, una masa arbórea que perteneció a la familia de San Francisco Javier. Uno de sus tesoros verdes.

Komunikabidea: Diario de Navarra

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