De Aoiz al Mont Blanc

De un tiempo a esta parte está  de actualidad en el mundo de la montaña, un nuevo estilo de ascender y descender. Se trata de hacerlo lo más rápido posible. Esto, claro está, implica llevar el menor peso posible eliminando cosas en la mochila y dando más valor a la capacidad física. Llevar un chubasquero ligero en lugar de una buena parka, nos hará ir más rápido, eso sí, si hace frío o llueve estaremos en una situación complicada.

De un modo ultraligero, se están subiendo y bajando montañas a unas velocidades increíbles. La montaña es un nuevo campo competitivo. Un maravilloso entorno en el que puedes ponerte a prueba contigo mismo y con los demás.

Curiosamente siendo el mundo de la montaña un lugar amplio donde practicar, un importante abanico de actividades, empieza la propia montaña a perder protagonismo, y a su vez respeto. Ya no importan tanto los paisajes idílicos, los cielos azules o estrellados, las laderas herbosas  y las cumbres nevadas. Ahora  es más importante la velocidad,  la foto al revés, (o sea que se me vea a mí en vez de al paisaje), y que además lo sepa todo el mundo. Batir un record, tirarme por donde nadie lo ha hecho y con el mínimo de seguridad posible, para que parezca más épico y espectacular. Poner un xtreme en tu vida, y si puede ser, ir bien vestido de las mejores marcas de ropa y complementos.

La serie de accidentes ocurridos en el Mont Blanc en estos días, no responde, bajo mi punto de vista a una generalidad, es la culminación por parte de unos pocos, de llevar a extremos las propias capacidades, tratando de imitar a una élite muy especializada. La mayoría mantiene en perspectiva todas estas modas. Trata de disfrutar de la montaña, sin poner su vida y la de los demás en riesgo, asumiendo y tratando de minimizar los inherentes al medio.

Estos días hemos estado en Chamonix, la cuna del alpinismo, para intentar subir al Mont-blanc, que en su día fue la cumbre más alta de Europa. (Hoy lo es el Elbrus, un monte Georgiano que desde hace un tiempo,  y por un cambio fronterizo tiene el record de altitud.)

No era la primera vez para algunos de nosotros, pero no por ello iba a dejar de maravillarnos. Es un monte espectacular de 4810 metros de altura, que por muchas veces que lo subas nunca te deja indiferente. Desde Chamonix, se aprecia su cima y unas lenguas glaciares impresionantes, aunque venidas a menos, con sus serács y sus grietas, que hay que atravesar si quieres llegar a la cima.

Nosotros, queríamos hacer una travesía subiendo por la ruta de los tres montes y   pasar por la cima para descender por la ruta normal. Al contrario de lo que marca la tendencia, nos cargamos con todo el material que podíamos soportar, para así poner nuestra tienda de campaña lo más alto posible. Parece que esto está en desuso y cuando llegamos al lugar donde pensábamos dormir, no había nadie. Solo las huellas de un vivac que utilizamos, indicaban que algún otro, había decidido poner su tienda en el mismo lugar días anteriores. Habíamos subido a 4000 metros por unas laderas algo empinadas y cortadas por las grietas de un glaciar, que dejaba imágenes sobrecogedoramente bellas e intimidantes en algunos casos.

Fue poner las tiendas y ponerse a nevar. Una nevada con ventisca de unos 10 cm que tapó la huella. Sobre las 12 de la noche había despejado y el cielo era negro, sin luna y salpicado de unas estrellas que aparecían al alcance de la mano.

A las 2 de la mañana empezamos a prepararnos y a desayunar y no fue hasta las 4 que teníamos todo recogido y cargado en las mochilas. Los primeros metros fueron de incertidumbre. Había que subirse al lomo de un serac, alumbrados por la pobre luz de la linterna y no alcanzábamos a encontrar el camino. A nuestro favor, que la temperatura era idónea. Un frío soportable, que no te dejaba aterido, pero que  mantenía las cosas en su sitio. Además tuvimos la gran suerte de encontrar el paso de ascenso casi a la primera.

Después una cordada que iba que  más ligera, nos adelantó y nos abrió huella hasta la zona complicada. Allí esperamos nuestro turno para superar un tramo de fuerte inclinación, al que nos “encalomamos” ayudados por una cuerda fija, algún tornillo de hielo y un par de estacas.  Comenzaba  a amanecer y podíamos ver, la lejana gran mole de nieve y hielo que es la cima del Mont blanc.

A las 10 de la mañana alcanzamos la cima todo el grupo, cargando con las tiendas y todo el material necesario. La felicidad nos conmovió y después de unos abrazos y unas fotos, la volvimos a contener para concentrarnos en la bajada, que al principio es peligrosa y traicionera y después larga (como la madre que la parió).

Por la tarde, a última hora y con los pies cansados pero en tierra firme, disfrutamos de una gran cerveza tan deseada como cara.

Ha sido un fin de semana especial que queremos compartir con vosotros.

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