Mis memorias sobre el padre Plazido Erdozain

Jorge Palencia, «el Viejo» (embajador de El Salvador)

Desde adolescente, conocí la injusticia que sufrían los campesinos de mi pueblito en las cortas de caña de la hacienda Santa Bárbara, cerca de mi pueblo, y otras un poco más retiradas como la Hacienda San Francisco (San Chico), la Hacienda La Cabaña y otras, en donde eran explotados, con malos pagos, malos tratos y muchas horas de trabajo. Me dolía ese sufrimiento, pero no sabía qué hacer ante esa situación inhumana.

Durante una Semana Santa de finales del los años 60, llegó a mi pueblo un grupo de jóvenes de la juventud cristiana (?), entre los que iban Margarita Peña (Julia), hermana de Lorena Peña; y un gran músico, Ricardo Andino (Diky). Ellos nos hablaban de las injusticias sociales y de las formas de organizarnos para acabar con las injusticias; usaban la metodología de Pablo Freire. Por la noche Diky tocaba la guitarra y cantaba. Eran días bonitos en los que los jóvenes aprendíamos mucho sobre otras realidades del mundo y de nuestra propia realidad social y económica. Nos la pasábamos bien junto a aquel grupo de jóvenes cristianos que llegaban de la Capital.

Ya estudiando en la Capital San Salvador, a principios de los 70, me enteré, que Diky Andino tenía un grupo de música rock que tocaba y cantaban una preciosa misa moderna en la Iglesia San José; y que era el Padre Plazido Erdozain quien impulsaba el trabajo del grupo y su música, con el consentimiento y también apoyo de Monseñor Urioste. Las misas de los domingos se llenaban de jóvenes y personas de todas las edades, las que también cantaban esas hermosas canciones.

Plazido tenía un excelente trabajo con la juventud y los adultos en la Iglesia San José. Pienso que fue el pionero de ese nuevo tipo de evangelización, que de inmediato nos llevó a la conformación de las primeras Comunidades Cristianas de Base, las que se multiplicaron posteriormente con el trabajo comprometido de otros sacerdotes como los padres David Rodríguez, Padre Tilo Sánchez, el Padre Trini Nieto; y otros que fueron asesinados por la dictadura, como los padres Rutilio Grande, Padre Palacios, Octavio Ortiz, Ernesto Barrera Moto y muchos otros valiosos sacerdotes.

Fue en los primeros años de los 70 que concluí, que quizá aquellos jóvenes que llegaron a mi pueblo El Paraíso Chalatenango, a finales de los 60, eran fruto del trabajo evangelizador de Plazido, porque todos ellos tenían el mismo estilo, la misma formación, el mismo carisma, el mismo lenguaje y el compromiso social del Padre Plazido. La mayoría de esos jóvenes y personas con las que trabajaba el “Gordo”, como le decían sus “discípulos”, se incorporaron a las organizaciones sociales y revolucionarias de la década de los 70 y 80 y algunos de ellos jugaron un papel importante en la dirección de los organismos que conducían el proceso de lucha popular.

Conocí personalmente a Plazido por el año 74. Siempre fue para mí un referente de testimonio cristiano, evangelizador y revolucionario. Me invitó a alguna de sus reuniones con las comunidades cristianas que él tenía y me encantaba escucharlo, de igual manera que lo escuchaba en su programa de televisión “El Minuto de Dios”, programa dominical que veían muchísimos miles de salvadoreños. Era un programa de reflexión sobre el Evangelio, crítica a las miserias humanas; y sobre los valores humanos. Era mágico escucharle, encantaba, y como decimos los salvadoreños: “tenía pegue”. Pero hasta ese momento no trabajé con él; sin embargo, compartíamos documentos, música, poemas, etc. Ya había algún tipo de relación.

Lo que pasaba es que por ese tiempo, nosotros (un grupo de seminaristas) vivíamos en medio de algunas comunidades, como Ilopango y otras. A mi colectivo le tocó trabajar en la colonia Santa Lucía, colaborando con el Padre Trini Nieto, en la formación de Comunidades Cristianas de Base. O sea que ya teníamos una proyección clara de lo que queríamos y de lo que pensábamos podíamos contribuir para el avance de la lucha revolucionaria. Si yo hubiese estado suelto, perdido o sin ubicación alguna, seguro me hubiera ido a las filas cristianas del Padre Plazido.

En septiembre de 1977, un batallón compuesto por la Policía Nacional, Policía de Hacienda, Guardia Nacional, Ejército y civiles armados (Escuadrones de la Muerte), cercaron la casa en que vivíamos un grupo de seminaristas, que ya para ese entonces estábamos apoyando el trabajo evangelizador del Padre Rutilio Sánchez en la ciudad de San Martín y sus cantones Las Delicias, San José Primero, San José Segundo, La Flor, El Rodeo y otros como San Pedro Perulapán y San Pedro Perulapía, etc. De ese operativo militar nos escapamos, en medio de sus narices, sin que se percataran que éramos nosotros los “guerrilleros”. Fue un milagro que tiene su historia aparte.

Después de ese operativo, todos nos dispersamos y, como no teníamos a donde ir, en mi caso, busqué el apoyo del Padre Plazido y de Monseñor Urioste, quienes me permitieron quedarme unos días en la casa parroquial, en un cuarto grande en donde también se encontraba refugiado un abogado de la Democracia Cristiana que no recuerdo su nombre, pero le decían “Lomo de Cuca”, quien también era perseguido por su consecuencia profesional en la defensa de los Derechos Humanos.

Durante los tres días que estuve en la Parroquia San José, tuvimos tiempo con el Padre Plazido, para charlar, contarnos anécdotas, hablar sobre el Evangelio, discutir sobre el marxismo, el maoismo, el troskismo; las comunidades cristianas de base y compartir análisis sobre el rumbo de la revolución salvadoreña. Siempre había cosas nuevas que aprender del Padre Plazido.

Mucho tiempo después, por el año 1979, el Padre Plazido me llamó para que formáramos un grupo “semisecreto” de las FPL, en el cual se incorporaría por primera vez nuestro querido e inolvidable dirigente Juan Chacón, quien andaba buscando organizarse, y como todo mundo, llegó al Padre Plazido. Pedí permiso a mi responsable de célula para contribuir con mi presencia numérica y experiencia, al fortalecimiento de ese grupo. Me dieron permiso para poco tiempo, diciéndome que “hasta que ese colectivo comenzara a caminar por sí solo”. En ese grupo estudiábamos el marxismo (con los libros de Martha Harnecker: Materialismo Dialéctico y Materialismo Histórico –una síntesis del marxismo, que muchos criticaban de revisionismo-). Hacíamos análisis de la realidad y planificábamos trabajo de expansión.

Juan Chacón, un obrero humilde, luchador que venía del pueblo de Tejutla, Chalatenango y que en ese tiempo estaba sin trabajo remunerado, despuntó rápidamente y a los pocos meses de reuniones y trabajo de ese colectivo, fue llamado por la dirección del Bloque Popular Revolucionario (BPR), a formar parte de la dirección de dicho movimiento, del cual pasó a ser de inmediato Secretario General. Siempre pensé que fue Plazido quien informó a la Dirección de las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí (FPL), el valor revolucionario de Juan Chacón, dado que Plazido era muy amigo del “Tío” (Salvador Cayetano Carpio –“Marcial”- Comandante en Jefe del Comando Central (COCEN)).

Cuando Juan Chacón se marchó, nuestro colectivo desapareció y yo pasé a dedicarle más tiempo a mi trabajo con los campesinos del Cerro de Guazapa.

Posteriormente nuestros encuentros con el Padre Plazido ya fueron más esporádicos y eran, casi siempre, en reuniones de las Comunidades Cristianas de Base, a donde yo llegaba a cantar. Pero siempre que nos encontrábamos había un profundo y caluroso abrazo de hermanos.

Los Escuadrones de la Muerte ya habían publicado, en el año 1977, una primera lista de “terroristas” a los que había que matar, entre esa lista de “los 74”, estaban el Padre Plazido, los Jesuitas, Monseñor Romero, los sacerdotes comprometidos con el trabajo popular, los seminaristas que estábamos en San Martín y muchos otros dirigentes de las organizaciones populares. Por ello, la persecución a todos nosotros se incrementó a niveles sin precedentes, al grado de asesinar a sacerdotes, cristianos de base y a dirigentes de organizaciones populares.

Era tan terrible la represión y persecución, sobre todo a dirigentes y sacerdotes, que a finales de los 70, el padre Plazido y otros sacerdotes tuvieron que salir para Nicaragua, desde donde continuaron trabajando para apoyar la lucha del pueblo salvadoreño, buscando recursos económicos y dando a conocer al mundo entero la justa lucha del pueblo salvadoreño.

En Managua nos encontrábamos con Plazido cada vez que yo llegaba de África, en donde estuve destacado como Representante del FMLN. Realmente era una fiesta verlo, con esa eterna sonrisa y su transparencia de buen hombre, de buena y excelente persona, de un verdadero cura, de esos que te dejan marcado para toda la vida, porque sobre todo hablan con su ejemplo.

La última vez que lo vi fue el año 2006 o 2007, en el Auditorium de Derecho de la Universidad Nacional, durante la presentación del Disco de Yolocamba I Ta dedicado a Monseñor Romero. Fui a cantar con Yolocamba mi canción dedicada a Monseñor Romero “El Profeta” y desde allá arriba le vi sentado a la par de la Tía Tula, la esposa del Comandante Marcial. Cuando terminé, bajé y salí corriendo a darle un fuerte abrazo.

En mi caso, como creo que en el de muchos jóvenes y adultos de esas décadas 70 y 80, Plazido, nuestro querido “Gordo”, siempre estuvo presente, tanto en mis alegrías como en mis tristezas, en mis amores y desamores, en mis miedos y mi entrega sin límite a la lucha revolucionaria. Siempre encontré en él un apoyo inmenso y un consejo sabio para no cometer locuras y hacer las cosas como “Dios manda”, es decir, con la congruencia que requería ese momento de lucha.

El Padre Pazido era una de esas personas que marcaban para toda la vida, que dejaban huella profunda y que vivirán en nuestras vidas para siempre, hasta que también nos toque marcharnos.

Jorge Palencia, «el Viejo» (embajador de El Salvador)