El binomio perfecto

Komunikabidea: Diario de Noticias

Hace cuatro años que Robero Bravo y ‘Jota’ son uno sólo, y participa con ella en las labores de salvamento. (MIKEL SAIZ)

Lo suyo es totalmente vocacional, y es que el amor por los animales suele venir así: de nacimiento, sin previo aviso y con todas sus consecuencias. Como el afán por cuidar de las personas. Hace seis años que Roberto Bravo, vecino de Aoiz afincado en Sarriguren, forma parte del Cuerpo de Bomberos. Pero ya mucho antes despertó en él el cariño por los perros -confiesa que desde txiki- y aunque durante mucho tiempo no le dejaron tener uno, Jota ya es la tercera. Y forman el binomio perfecto.

Cuenta su dueño, mientras ella se acomoda en la sombra y busca un palo para morder sin que nadie le moleste, que estaba trabajando como veterinario cuando una compañera le enseñó un cartel que habían puesto en la consulta. Era para conocer al Grupo de Perros de Salvamento de Navarra, del que forma parte desde entonces (2002) y con el que ha conseguido el tercer puesto en el Campeonato Mundial de Perros de Rescate de la IRO, junto a otros tres compañeros.

Una medalla que sirve como muestra del nivel de compenetración y entendimiento que existe entre ellos, premio en una prueba de rescate deportivo a nivel mundial que homologa y evalúa al perro en destreza, obediencia y búsqueda. Con Jota tuvo que caminar “en junto”, hacer un recorrido predeterminado, pasar entre un grupo de gente con perros sin que ella hiciera caso al resto, atravesar un túnel ciego o circular sin caerse por una escalera y una tabla sujeta con bidones, entre otras pruebas.

Lo han conseguido después de superar diferentes grados y Bravo no descarta continuar con las pruebas en el futuro. “Lo más gratificante es trabajar con la perra: ella disfruta estando contigo y tu disfrutas viéndole disfrutar. Interactuando con ella, viendo que te entiende”, señala.

No ha sido un camino fácil pero está resultando muy productivo. “Después de conocer el Grupo de Perros de Salvamento tuve claro, también, que quería ser bombero. Que era lo que me gustaba, además de estar con los animales, y llevaba ya diez años con las perras antes de entrar al cuerpo: el trabajo me gusta y tengo tiempo para hacer lo que quiero, por eso siempre digo que llevo una vida de perros”, bromea, y confiesa que su Jota es “de la familia, cuando falta es como si faltara también algo de mi”.

Entrenan los rescates a nivel de grupo normalmente los fines de semana “porque es un trabajo voluntario” (son 9 personas) y hace lo que puede también entre semana, ya a nivel personal. Si hace falta se va al pipican e improvisa unos cuantos obstáculos para ponerle pruebas.

“Tratamos de desarrollar la afición del perro a buscar, que su instinto de caza lo saque buscando a alguien que está escondido o perdido”, cuenta. Es un modo de vida, “una afición que demanda mucho, y que el perro esté bien depende de lo que le des y cómo lo tengas: te vas de juerga pero ya sabes que tienes unas horas, y luego hay que ir a sacarle. Y si el día anterior no ha hecho ejercicio, al siguiente el cuerpo se lo va a pedir. Tienes que apañártelas pero hacerlo bien”, señala. Condiciona su vida: “Te compras el coche para poder llevar perro, en casa tiene que tener su txoko… Y la familia se amolda, a mí me han conocido así y es lo que hay”, bromea. Lo hace con gusto.

Con Jota ha vivido pocos rescates porque es muy joven -lleva con ella desde 2014- pero guarda en la memoria muchas vivencias con Katu, perro con el que trabajó hasta el año pasado. Entró al grupo con una pequeña idea de cómo trabajar, pero allí le enseñaron a desenvolverse. “Hemos tenido mucha suerte, hemos visto trabajar a adiestradores de primer nivel, de Finlandia, Noruega, franceses o ingleses”, cuenta.

Aunque el entrenamiento pasa por esconder a personas que los canes han de encontrar, la realidad de los rescates es más cruel y Bravo confiesa estar “curtido” en ese sentido. “Recuerdo la primera vez que encontramos, con Katu, a una persona que había fallecido. Era un hombre mayor que había salido a por setas, y Katu lo encontró pero el ladrido era diferente. Incluso el compañero me preguntó si estaba ‘marcando’. Cuando llegamos entendimos que la propia perra no sabía bien qué pasaba”.

MENOS RESCATES. Historias duras que, como bombero, también le ha tocado vivir, pero no empañan su capacidad ni sus ganas para dedicar su labor a los demás, a pesar de que, afirma, “la gente cada vez nos llama menos. Antes cualquier año tenías 15 salidas; el año pasado fueron 4, este llevamos 3 y han pasado 10 meses. Mejor, eso quiere decir que no pasan cosas que no deberían pasar, creo que en parte por la tecnología: ahora todo el mundo lleva el móvil, mandas la ubicación, avisas antes de que te pase nada…”.

Asegura que todo lo conseguido es labor también del grupo, que existe desde hace más de 20 años y con el que trabaja para adiestrar a los canes, que son uno más en una familia muy bien avenida. Lo único negativo es “la frustración cuando no consigues que el perro te dé lo que quieres. Pero con el tiempo te das cuenta de que el problema eres tú: ellos siempre te están diciendo algo, tienen su lenguaje. Y nosotros somos los que no sabemos interpretarlo bien”.

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