Al Himalaya. Parte III

No ha sido posible enviar un escrito frecuente como nos habría gustado, y si tengo que decir la verdad, ha sido una suerte. Eso nos ha permitido estar más presentes. Eso de estar más presente es un asunto muy budista, se trata, creo, de saber dónde has dejado las llaves, las gafas, el gorro, etc., además de en plena comunión con nosotros mismos y la montaña. Aunque eso signifique estar un poco más lejos de los de casa.

No es un asunto fácil eso de la presencia plena, no te creas, la altura y la falta de oxígeno hacen que la cabeza vaya un poco por libre.

Hoy, después de ya no sé cuántos días, volvemos a tener wifi. Un poco cara, pero nos va a permitir contaros un poco cómo ha ido la cosa. Después de Namche Bazar, subimos Machermo entre nubes y de allí a Gokio. Gokio es un pueblo al lado de un lago sagrado del mismo nombre. Aquí todo es sagrado, y al principio respetamos todo los preceptos: no tirar piedras, apartar los bichos del camino, pasar por la derecha de las estupas y otro montón de cosas que hemos ido obviando conforme pasaban los días y veíamos que los indígenas, como diria Iñaki Eugi, tampoco respetan más religión que la contante y sonante. Aquí la trascendencia del alma también es un negociete. Menos mal que hay montañas. Las más altas por cierto. Esas que dan ganas de subir y de sentirse verdaderamente aquí. El sol sale a las 5 de la mañana y es cuando el cielo es azul y la luz tiñe de rosa las cimas. El Everest, el Lotse, Makalu…. Qué barbaridad. De verdad.

El grupo está genial, un poco cansado. Son muchos días por encima de 4.000, y eso desgasta, pero los animos siguen intactos. Mañana para despedirnos de las altas montañas, visitaremos el campo base del Ama Dablam y emprenderemos el retorno hacia la vida, Katmandú y nuestras respectivas casas.

Ganas y pena son los sentimientos encontrados que nos abordan. Está siendo una gran experiencia que todavía no ha llegado a su fin.

Hay una lectura tibetana muy bonita que dice que todas las enseñanzas se resumen en una: nunca es siempre así. O sea, que todas las experiencias son únicas. Y ésta está siendo de las mejores.

Iñaki Latasa

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